El silencio en la sala se hizo pesado cuando el tribunal leyó la sentencia. Prisión perpetua. No hubo gestos de sorpresa. Néstor Soto, de 22 años, escuchó su condena con la cabeza gacha, la misma postura que mantuvo cuando Eleonora Vollenweider, la madre de Catalina Gutiérrez, lo miró fijamente y le exigió que la mirara. “Mi hija está en un cajón por culpa tuya”, le dijo.
Era el cierre de un juicio que había expuesto la brutalidad del crimen y la frialdad con la que Soto intentó encubrirlo. El 17 de julio de 2024, Catalina, de 21 años, pasó a buscarlo en su auto para ir a una reunión con amigos. Nunca volvió. Soto la mató en su departamento con la maniobra del “mataleón” y luego trasladó el cuerpo en el Renault Clio de la joven hasta un descampado en barrio Ampliación Kennedy, donde intentó incendiarlo.
Durante el proceso judicial, el acusado confesó el crimen, pero negó que se tratara de un femicidio. “Soy un homicida, pero no un femicida”, declaró en un intento de evitar la pena máxima. Sin embargo, el fiscal Marcelo Sicardi desmontó su defensa con una contundente descripción: “Un lobo con piel de cordero”. Para el jurado popular, no había dudas: fue un asesinato en contexto de violencia de género.
La condena fue dictada por los jueces Susana Frascaroli, Horacio Carranza y María Gabriela Rojas Moresi, del Tribunal II de Córdoba, luego de seis horas de debate. La defensa de Soto, encabezada por la abogada Ángela Burgos Niño, insistió en que no hubo violencia de género y anticipó que apelará el fallo.
Mientras tanto, en la sala, Eleonora Vollenweider se abrazó con sus abogados. Su hija no volverá, pero la justicia, esta vez, tuvo la última palabra.